El 27 de abril estuve en la Universitat Autònoma de Barcelona como ponente invitada en el Seminari d’Aplicacions de l’Antropologia i Anàlisi de Polítiques d’Intervenció Social (Seminario de Aplicaciones de la Antropología y Análisis de Políticas de Intervención Social), del Departament d’Antropologia Social i Cultural (Departamento de Antropología Social y Cultural). La invitación llegó de la mano de Loreley Ritta, profesora de la asignatura, que quería llevar al aula una conversación sobre lo que ocurre cuando la creación cultural se convierte en una práctica de investigación aplicada.
La presentación se tituló «La creació cultural com a pràctica de recerca aplicada des de les comunitats migrants llatinoamericanes a Europa» («La creación cultural como práctica de investigación aplicada desde las comunidades migrantes latinoamericanas en Europa»). Durante una hora y media hablé de los orígenes del proyecto, de por qué nació desde una ausencia, de lo que ocho años de archivo oral revelan sobre la experiencia migratoria latinoamericana en Europa y de por qué el lenguaje accesible no es una concesión sino una decisión política.

El aula era diversa de una forma que pocas veces se da: estudiantes de grado de antropología, personas mayores que estudian por interés genuino, y también hijas de migrantes. Esa mezcla generó una conversación que no esperaba del todo. Hubo preguntas sobre el diálogo intergeneracional, sobre si hablar sin etiquetas explícitas implica complicidad con el sistema opresor, sobre por qué muchas comunidades latinoamericanas votan por partidos que van en contra de sus propios derechos. Ninguna pregunta fácil. Todas necesarias.
Una intervención en la que aún pienso es la de una estudiante con raíces marroquíes dijo que en su generación el miedo mutuo entre comunidades ya no existe de la misma forma, a saber, entre sus amistades hay hijos de migrantes latinos y que la relación es completamente diferente a la de hace diez años. Me pareció esperanzador y también una confirmación de algo que el archivo lleva años mostrando: el diálogo entre diásporas es necesario, ya está sucediendo y debemos encontrar y generar espacios en los que facilitarlo.
Una de las formas de aproximarse a Ni de aquí ni de allí es la de respuesta académica a la migración, sin embargo, en el diálogo se revela como una práctica cultural cuyo punto de partida son las historias que nuestras madres nos contaron en la sobre mesa, de las preguntas que no supimos responder en el instituto, de la traducción constante de nuestros códigos culturales según el entorno.



